Mi primera vez


hablar en públicoEn el año 2000 yo era un licenciado novato sumergido en el trabajo de mi tesina, descubriendo el correo electrónico y sin saber lo que era un teléfono móvil. El tema de mi tesina era la búsqueda del bosón de Higgs, partícula escurridiza donde las haya. Llevaban buscándolo intensamente desde los 90, y tuvieron que pasar otros 12 años hasta que lo descubriésemos el 4 de julio de 2012. Volviendo al año 2000, un día mi tutor me “sugirió” ir al CERN a dar una charla sobre mi trabajo. Ahí vino el primer sudor frío, pues yo imaginaba el CERN casi como en las películas, con puertas automáticas, ordenadores con millones de luces (tipo NASA) y las mayores medidas de seguridad. Pero lo peor de todo era hablar en público… y en inglés. Además, llevando seis escasos meses en el gremio mi nivel de inglés era el que era, y mi nivel de física de partículas estaba en pañales. Segundo sudor frío.

Llegó el viaje al CERN, se acercaba el día de mi charla y digamos que casi todo fue bien. El laboratorio merece ser visitado, con sus calles con nombres de físicos y sus edificios numerados. Por aquel entonces las charlas se daban todavía con transparencias, y me tocó imprimir las mías en una de las impresoras del CERN. Así, puse las transparencias en la impresora y le di al botón correspondiente. Fueron unos segundos hasta que empecé a oler plástico quemado, a ver cómo se derretía la transparencia que había colocado, a ver cómo la impresora lloraba pidiendo auxilio. En ese momento pasé de sudor frío a usar de forma inadecuada la ropa interior. Resulta que había colocado las transparencias erróneas, las que se usaban para escribir a mano. Al parecer eran “un poco” más sensibles al calor.

Busqué otra impresora, busqué transparencias para imprimir, miraba el reloj cada 30 segundos y conseguí preparar el material. Me dirigí a la sala donde me esperaba ese público hostil, que sólo buscaba hacer preguntas complicadas y sacar a relucir mi ineptitud. O eso me decía mi imaginación, siempre situándose dos calles más allá de lo peor. La reunión comenzó y yo era el quinto o sexto en la agenda. Horror. ¿Por qué no era el primero y acababan con mi sufrimiento? Paciencia, la camisa adornada con sudor y el reloj que no avanzaba. Hasta que llegó mi turno. En el momento de salir al estrado mi nivel de nerviosismo era máximo, en el momento de decir la primera palabra me temblaba la voz. Por suerte, y así me ha ocurrido con el paso de los años, una vez que empiezas a hablar la confianza vuelve y recuerdas que eres el experto en el tema, que lo tienes preparado, que te lo sabes. Recuerdas que ese terror escénico ha sido una y mil veces infundado.

La agitación emocional que sentí antes, durante y después de mi discurso fue casi de libro. Cada vez menos, pero por aquel entonces tenía bastante miedo a hacer el ridículo. No hay nada peor para un perfeccionista (como yo) que fallar en público, quedarse sin palabras, que el discurso sea inconexo, que no sepa contestar a las preguntas. Además siempre busco que la gente que me escucha se entretenga; quiero que disfrute. El otro lado de la moneda sería comprobar cómo la gente se aburre con mis palabras, desconectan, se pierden o no entienden lo que digo. Al acabar me sentí satisfecho conmigo mismo, tanto por haberme enfrentado a mi miedo como por haber dado una charla en el CERN. Qué narices, estaba orgulloso y comenzaba una carrera que me llevó a Chicago, París, Ginebra y Oviedo. Esos viajes, junto con sus experiencias y crecimiento personal, los habría perdido si el miedo hubiera ganado aquella primera batalla. Aprendí, de la única forma posible, lo que es salir de la zona de confort. Y así crecí como persona.