¿Optimista o pesimista?


dentro-fuera

El otro día una amiga me preguntó qué es mejor, ser optimista o pesimista. Me habló de alguien que siempre es optimista a la hora de vender sus cuadros, pero que nunca consigue venderlos. Llegará un día en el que esta persona, por naturaleza optimista y que siempre piensa “¡seguro que esta vez vendo un cuadro!”, se derrumbe y despierte de su nube de ilusión. En cambio, una persona pesimista que siempre vaya pensando “dudo mucho que me compren un cuadro” va preparada para lo peor, aguanta las ventas fallidas con paciencia, y se emociona cuando llega el día que, no se sabe cómo, logra vender su primer cuadro.

Este ejemplo es bastante extremo. Una persona optimista que nunca logra lo que busca y una persona pesimista que consigue lo que quiere a pesar de decirse una y otra vez que no lo conseguirá. Lo normal es que las personas razonablemente optimistas tengan más probabilidades de éxito. Alguien razonablemente optimista que no vende sus cuadros mantendrá la ilusión pero se planteará posibles mejoras para alcanzar lo que desea: ¿me he dirigido al comprador adecuado? ¿me falta experiencia como pintor? ¿ya nadie compra cuadros y tengo que pasar a la fotografía? Por otro lado, una persona pesimista no buscará mejoras, seguirá tratando de vender los cuadros como siempre, obtendrá negativas como siempre, y sólo un impensable golpe de suerte hará que venda su primer cuadro. Lo natural es atraer aquello en lo que sinceramente pensamos. Si yo creo incondicionalmente que no voy a vender ningún cuadro, dudo mucho que algún día lo consiga. Pero si mi optimismo es auténtico y confío en mí y en mis cuadros, tengo por seguro que haré todo lo que esté en mis manos para lograr esa meta, o para rectificarla si descubro que no es viable.

El ser humano está pensando en todo momento. En ocasiones pensamos sobre acciones del pasado, las repasamos en nuestra mente, disfrutamos o volvemos a sufrir con ellas. En otros momentos tratamos de adelantarnos al futuro, a veces sobre acontecimientos que nosotros controlamos, pero en muchas otras ocasiones intentamos adivinar qué van a hacer otros. Es muy común caer en la atracción de revivir el pasado, al igual que es muy común pensar sobre las infinitas hipótesis que nos puede deparar el futuro para, llegado el momento, darnos cuenta de que la realidad no tiene nada que ver con ninguna de las hipótesis que barajábamos.

Lo ideal es tener en cuenta los errores que hayamos cometido en el pasado, pero sin estar culpándonos una y otra vez por ellos, así como también es aconsejable estar preparado para posibles acontecimientos futuros, sabiendo que es imposible estar preparado para todos ellos. Lo ideal es vivir en el presente la mayor parte del tiempo posible, tomando acciones optimistas a la vez que fundadas que nos acerquen a nuestro objetivo, ya sea vender cuadros o aprender a cocinar pasteles.