¿Cuándo me llamará?


Marina es una amiga de La Caja Azul. Le gusta pasear con su perro, ir al cine los martes y escuchar a Leonard Cohen. Hace unas semanas conoció a un chico y, cosas del destino, la química o el azar, hubo atracción entre Marina y James. Tras ese encuentro tomaron cafés después del trabajo, cenaron hamburguesas a la luz de las velas e intercambiaron “whatsapps” las 24 horas. Hasta que James se fue al extranjero por un tiempo indeterminado. Quedó en llamar a Marina, pero su llamada no llegaba y Marina se impacientaba. ¿Se habrá olvidado de mí? ¿Qué sentirá realmente? ¿Me quiere sólo como amiga? A Marina le quemaba la duda, prefiriendo antes el dolor de saber que James no la quiere que la incertidumbre de esa llamada ausente. Así pasaron varios días en los que Marina estaba sin estar, con la mente perdida y el corazón angustiado. Hasta que James llamó diciendo que no podía aguantar sin verla. Fue volver a dar cuerda al reloj de la atracción, fue cambiar la cara de Marina, sentirse otra vez amada.

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El caso de Marina tiene dos lecturas. La primera y más romántica refleja los altibajos emocionales que ocurren cuando queremos ya la respuesta de esa persona destinada a ser el abuelo de nuestros nietos. La segunda lectura es la de una situación en la que Marina da un poder excesivo a algo que está fuera de su control, posiblemente demostrando una confianza limitada en sí misma y quizás una necesidad de ser amada. Lo ideal para Marina sería tener ilusión por recibir esa llamada, pero realizando las actividades cotidianas sin verse tan afectada por su incertidumbre amorosa. Si tenemos una vida asertiva en la que disfrutamos con nuestro trabajo, nos sentimos queridos por familiares, amigos y sobre todo nosotros mismos, y tenemos metas personales en el horno (cocinándose), el poder que otorgamos a terceros será siempre mucho menor.

En las sesiones de coaching es habitual separar las preocupaciones en tres grupos: en el primero tenemos aquello que depende exclusivamente de nuestras acciones, como leer un libro o empezar a practicar algún deporte; el segundo grupo corresponde a lo que depende parcialmente de nosotros. Aquí entra la educación de nuestros hijos, que depende tanto de nosotros como de sus profesores, amigos, etc; en el tercer grupo estarían las cosas sobre las que no tenemos ninguna influencia. No podemos hacer nada por evitar que mañana llueva, que nuestro equipo favorito pierda, o que roben un banco en Roma. Aquellas personas que se preocupan de lo que depende parcial o totalmente de ellas están bien encaminadas; aquellas personas más preocupadas por acontecimientos que no dependen de ellas deberían preguntarse de qué les sirve tal preocupación. En cualquier caso sugerimos menos preocupaciones y más acciones.