El miedo a no encajar


Imagina que aceptas participar en un experimento. Te piden, junto a otras seis personas, realizar una sencilla prueba de percepción visual. Os muestran dos dibujos, siendo el de la izquierda una raya vertical y el de la derecha tres rayas verticales de diferentes longitudes. ¿Cuál de estas tres rayas coincide con la que está sola? Pasan tres rondas en las que los siete participantes, como es de esperar, elegís la misma raya. Pero resulta que a partir de la cuarta ronda los otros seis concursantes eligen una raya que no parece ser la correcta. ¿Saben los demás algo que tú no sabes? ¿Es su respuesta acertada y la que tú crees que es buena está mal?

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La situación anterior corresponde al experimento clásico de Asch, realizado en 1951 en Estados Unidos. Lo que en apariencia era un test de percepción visual era realmente un test de conformidad social. De los siete participantes sólo uno era real, pues los otros seis tenían las respuestas preparadas. Así ocurrió que en las primeras rondas todos respondían bien, pero llegado un punto el sujeto del experimento veía sorprendido cómo sus compañeros respondían de forma inesperada. Como resultado del experimento uno de cada tres participantes respondió según lo que dictaba el resto del grupo, aunque estuviera mal. Cuando se les preguntó por qué habían respondido conforme a los demás, la mayoría dijo que sabían que su respuesta era incorrecta, pero que siguieron la corriente al grupo por miedo a sentirse rechazados o extraños.

Solemos aceptar la opinión de la mayoría porque queremos encajar en el grupo o porque pensamos que el grupo tiene que estar mejor informado que nosotros. Si todos dicen A tendrán razón y B está mal, aunque a mí me parezca que B es la correcta. Esto puede pasar a cualquier edad. Cuando somos niños y en clase la profesora pregunta si alguien tiene dudas, es habitual que nadie hable. Aparece el miedo a resultar diferente, a ser rechazado. Parece entonces que sólo hay dos opciones, y ambas negativas: seguir la opinión de la mayoría, aunque sepas que está mal, o decir lo que piensas arriesgándote a ser rechazado.