Lucha por tu sueño


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El viernes pasado estuve largo rato hablando con mi prima. Tiene 17 años y se encuentra en una etapa complicada de su vida; todas las etapas lo son, pero cada una a su manera. Mi prima, a la que llamaré Ella, como la protagonista de su primera novela, me habló de su inseguridad, de su pasión y de su entorno. Durante la conversación nos enfocamos en su pasión y fortaleza, que es escribir. Ella ya ha publicado varios capítulos de su primera novela, una tragedia que me recordó a Romeo y Julieta. Escribe con emoción y sinceridad, vomitando las palabras desde el corazón. Así, no me extraña que tenga ya miles de seguidores. Emociona.

Pero a Ella le afecta lo que “todo el mundo” piensa. Como ha repetido dos cursos, sus compañeras no la consideran inteligente. El caso es que sus compañeras no tienen la más remota idea de los motivos que han llevado a Ella a repetir, motivos que nada tienen que ver con la inteligencia. A los adolescentes (y también a los adultos) les afectan los comentarios de su entorno. Para el entorno de Ella la escritura no tiene futuro, no es algo serio. No es Medicina, Derecho o Telecomunicaciones, por elegir unas profesiones clásicamente bien vistas. Como “todo el mundo” desmerece la escritura, Ella racionaliza su pasión como un plan B, un plan que incluye la carrera de Periodismo, novelas que emocionen a millones de personas y la felicidad de haber transmitido sus sentimientos con la pluma y el papel. O con el móvil, que los tiempos han cambiado pero no así las emociones. Y claro, el plan B está muy bien definido, pero Ella sigue racionalizando. La escritura será algo pasajero, soy adolescente, quién sabe lo que querré hacer en 5 años; además, no creo que pueda vivir de mis novelas. Llegado este punto no puede faltar el miedo. ¿Y si mis novelas no se venden? Mi respuesta fue sencilla. Sólo hay una forma de fallar (o acertar) en algo. Haciéndolo. Porque nadie, absolutamente nadie, puede predecir el futuro.

Cuando le pregunté por el plan A no hubo respuesta, como era de esperar. No hay plan A, porque la pasión de Ella es la escritura. Le comenté el experimento de Asch, en el que se observó cómo la gente hace cosas porque “todo el mundo” las hace. Le hablé también de la magnífica charla de Ken Robinson sobre el destrozo que pueden hacer las escuelas en la creatividad de los niños. Uno de los ejemplos que relata Sir Robinson es el de Gillian y su falta de concentración en la escuela. Sus padres, preocupados, la llevaron a un psicólogo especialista en Educación. Este psicólogo sólo necesitó unos minutos y una radio para darse cuenta de que “Gillian no está enferma, es una bailarina”. Hoy en día Gillian (Lynne) es una afamada bailarina y coreógrafa internacional.

El trabajo de los padres, de los profesores y de cada uno de nosotros es favorecer que nuestra pasión y nuestro talento (todos tenemos uno) se encuentren en algún punto. Todos somos únicos, y yo sueño con una educación que minimice el efecto que tiene lo que “todo el mundo” piensa sobre nuestras acciones. Al final le pregunté a Ella si conocía (en persona) al Presidente de los Estados Unidos. ¡Pues claro que no! me dijo. Entonces ya no es todo el mundo, le contesté.