Un café con leche


coffeeSesión de coaching ficticia, pero muy real.

Creo que me llamó el domingo por la tarde, hacia las tres. Se presentó muy educadamente, pidió permiso para robarme un poco de mi tiempo y me contó que una amiga le había hablado muy bien de La Caja Azul. Ana, que así se llama mi interlocutora, me dijo que llevaba meses atascada, y pensó que el coaching quizás la podría ayudar. Le sugerí vernos en una cafetería muy tranquila de Oviedo, cerca de la muralla. Quedamos el martes a las cuatro de la tarde, para tomar un café y realizar nuestra primera sesión. Llegué un poco antes de las cuatro, elegí una mesa tranquila, pedí un té y me puse a leer mientras esperaba. Ana llegó puntual, con un simpático paraguas verde, de esos que llevan ranitas y nenúfares.

—Hola Ana, veo que no para de llover…
—Calla, calla, que esto parece el Diluvio Universal.

Ana se quitó la gabardina, pidió un café con leche y nos pusimos tranquilamente manos a la obra.

—Pues nada, cuéntame un poco en qué consiste ese atasco tuyo.
—A ver… ¿Por dónde empiezo? Verás Jónatan, en el trabajo no me escucha nadie. Imagino que no lo hacen porque mis diseños son penosos.
—Vaya, ¿a qué te dedicas?
—Diseñamos portadas de películas para varias distribuidoras internacionales. A mí me encargan sólo las pelis que nadie ve.
—¿Y tú qué portadas querrías hacer?
—¿Yo? Anda, pues cualquier película que tenga a Meryl Streep, me encanta esa mujer.
—¿Y dónde está el atasco?
—Pues eso, que nadie me escucha.
—¿Quién no te escucha?
—Naaadie.
—Yo te estoy escuchando.
—Esto… sí, pero no es lo mismo.
—¿Quién concretamente no te escucha en el trabajo?
—Sobre todo el chico que se sienta a mi izquierda, Alan.
—¿Quién más?
—No sabría decirte.
—¿Quién más, además de Alan, no te escucha en el trabajo?
—Bueno, quizás sólo sea Alan, pero es que se lleva muy bien con el jefe.
—Me acabas de decir que sólo hay una persona que no te escucha en el trabajo. ¿Es así?
—Esto… —confundida—. Sí, eso parece.
—Pero antes me dijiste que nadie te escucha.
—Pues ahora que lo dices…

En ese momento pido otro té. Ana, ahora un poco más relajada, pide lo mismo que yo.

—Sigamos Ana. Antes me dijiste que te gustaría hacer portadas de películas de Meryl Streep. ¿Quién decide eso?
—¡Quién va a ser, el jefe!
—¿Y qué te encarga a ti?
—Ya te lo dije, películas que a nadie le interesan.
—¿Como cuál?
—Pues la última que hice fue la de “Autómata”, con Antonio Banderas.
—¿De qué va?
—Pues no sé, algo de robots…
—Espera. A ver si lo entiendo bien. Me dices que tu jefe te ha encargado hacer la portada de la última película de Antonio Banderas, uno de los actores españoles más internacionales. ¿Cómo es eso, si tus diseños son penosos?
—Hmmm… no sé… Yo creo que nadie va a ver pelis así, por eso me la encargan a mí. Yo seguro que no la veré.
—Entiendo. Imagina por un segundo que eres la productora de esa película. ¿Qué público crees que sí la vería?
—Yo no, mis amigas tampoco… No sé.
—Piensa como productora, no como Ana.
—Seguro que irán cientos de adolescentes a verla, con eso de los robots y efectos especiales.
—Vaya, no está mal, cientos de adolescentes.
—Bueno, sí…—En este punto la postura de Ana es un poco más erguida. Da la sensación de que se siente más segura.
—Pero tú quieres hacer pelis de Meryl Streep.
—¡Claro! Es mi sueño.
—¿Se lo has preguntado a tu jefe?
—¡Qué dices! Ni loca…
—¿Cuál es el problema?
—Seguro que se ríe de mí y me dice que no.
—¿Qué pruebas tienes de que algo así va a ocurrir?
—¿Pruebas?
—Sí, pruebas. ¿Cómo sabes que tu jefe va a actuar así?
—… —Mira hacia abajo sin decir nada, pasan unos segundos—. Es que… me da vergüenza.

Podría seguir con el diálogo que tuvimos Ana y yo, pero lo más importante está aquí. Entre otras cosas hemos visto que el problema de Ana no es que haga mal las portadas o que nadie le hable… Resulta que tiene un compañero que no le habla (pero de esos hay en todas partes) y no se ha atrevido a pedirle algo a su jefe. Parece que Ana confía poco en sí misma… ¿Qué puede hacer?