Los cerezos en diciembre


cerezos

En La Caja Azul hemos tenido la suerte de leer, no hace mucho, un gran libro. Y eso que es muy pequeño. Nos referimos a “Los cerezos en diciembre”, una joyita con una delicadísima encuadernación, escrita por Ariel A. Almada. Este libro, sencillo pero a la vez profundo, nos habla de Saki, una joven de 17 años que está desmotivada, desganada. Esta situación irá cambiando poco a poco, gracias a las lecciones de tiro con arco (que son, evidentemente, lecciones sobre la vida) que recibirá del Maestro Takumi. El libro se divide en siete capítulos o flechas:

  • Primera flecha. Los problemas que nos rodean.
  • Segunda flecha. La grandeza oculta en el problema.
  • Tercera flecha. La fortaleza interna.
  • Cuarta flecha. La acción.
  • Quinta flecha. El propósito y la pasión.
  • Sexta flecha. La entrega, brindarse a los demás.
  • Séptima flecha. Renacer de las cenizas.

“Los cerezos en diciembre” es un libro repleto de frases para pensar. Es por ello que, si bien se puede leer en el autobús entre Oviedo y Gijón, es recomendable repartir las flechas en diferentes días, para así saborear mejor el poso que nos dejan. Nosotros, por ejemplo, hemos encontrado en una segunda lectura una frase que conecta con el mundo del coaching,

“A menudo pasamos de puntillas sobre los temas que nos resultan incómodos. Pero no por eso van a desaparecer. La mejor manera de vencer un miedo es enfrentarse a él mil veces.”

La mejor manera de vencer un miedo es enfrentarse a él mil veces. Estamos totalmente de acuerdo, pero con una condición. En las sesiones de coaching hemos visto muchas veces cómo las personas han sido incapaces de alcanzar el objetivo que se marcaban, ya sea un puesto de trabajo, superar un miedo o cambiar un hábito. Esto puede ocurrir por diversos factores, pero uno habitual es que lo han intentado mil veces, o más… con las herramientas equivocadas. Llevando la conexión del libro con el coaching un poco más lejos, vemos que las siete flechas reflejan casi a la perfección un proceso de coaching.

En los procesos de coaching se comienza por identificar el o los problemas que nos afectan. A veces el problema que llevó a alguien a las sesiones de coaching no es más que una consecuencia de un problema mayor o más profundo. Un ejemplo (ficticio) podría ser Felipe, que fuma porque es tímido y viene a que le ayudemos a dejar de fumar. Para que el trabajo sea fructífero habrá que ver qué causa la timidez y trabajar ese problema. Una vez localizado el problema principal sabremos cuál es el verdadero enemigo. Es el momento de encontrar las fortalezas de Felipe, toca indagar en el fondo de su Caja Azul, pues es probable que Felipe desconozca muchas de sus fortalezas. Quién sabe, quizás no sepa que sus amigos y amigas le escuchan con atención porque todo lo que dice es de lo más interesante. En este caso sería bueno hacer el ejercicio de La Ventana de Johari, descrito anteriormente en La Caja Azul.

Visto el problema y vistas las virtudes hay que trazar un plan de acción, porque sin acción no se llega a ninguna parte. Y para que una acción sea permanente, no algo transitorio como dejar de fumar durante un mes para luego volver a fumar tanto o más que antes, la acción ha de estar alineada con las pasiones que nos mueven, ha de tener un propósito con el que nos sintamos identificados. Si para dejar de ser tímido Felipe decide empezar a vestir trajes con corbata por consejo de algún amigo, pero Felipe no se siente cómodo con corbata y prefiere ropa mucho más casual, entonces esta sugerencia no funcionará. De ahí que en el coaching esté “prohibido” sugerir, porque no tiene sentido, porque sólo el coachee sabe, dadas las preguntas correctas, qué quiere.

El mejor momento es cuando una persona tiene alineadas sus virtudes con un propósito y una pasión. Aquí no hay nada forzado, esta persona se quiere porque está haciendo lo que le gusta y apasiona, además de que no lo hace de manera aleatoria, sino dirigido a una meta mayor, como puede ser sacar la carrera de actor. Pues sí, Felipe, un chico tímido que fumaba siempre había querido ser actor. Cuando alguien alcanza este punto se entrega de forma espontánea a los demás, comparte su alegría, comparte su luz. En ese momento Felipe ha descubierto su fortaleza interior, se ha convertido en un actor dispuesto a comerse los escenarios. Se podría decir que ha renacido de sus cenizas, pues aunque sigue siendo Felipe ya no se esconde tras el humo de unos cigarrillos, sino que ha levantado el telón para compartir su pasión con el mundo.