Dejo para mañana lo que puedo hacer hoy.


“Aplazar una cosa fácil hace que sea difícil. Aplazar una cosa difícil la hace imposible”

GEORGE CLAUDE LORIMER

Sinceramente, a mi el tema de los hábitos es algo que me fascina. Pensar nuestro cerebro se acostumbra a pensamientos, emociones; algunas de esas emociones nos vienen de serie y facilitan la adquisición de ese tipo de hábitos. Hay estudios que demuestran que este ser sapiens sapiens está diseñado para ser perezoso ya que ahorra energía, por lo que me cuestiono si cuanto más perezosa sea más inteligencia demuestro; tiene gracia el temita.

Y hay un hábito que me fascina más que otros. Es el de la famosa procrastinación. Según Marta Romo, pedagoga especializada en neurociencia: la procrastinación  es el hábito de posponer de forma habitual temas importantes o asuntos que requieren un gran esfuerzo.

Esto tiene mucho que ver con la sociedad actual, ha cambiado de forma vertiginosa y sigue haciéndolo. Nuestros padres y abuelos no procrastinaba. ¿Por qué? Si estamos programados para hacerlo. Pues porque cada vez vivimos más ligados a los plazos, a entregar trabajos para ayer y a la urgencia. Se ha creado la curiosa creencia que trabajar bajo presión tiene mejores resultados (es verdad que hay una relación directa entre trabajar bajo presión y la concentración, como segregamos adrenalina nos centramos más y el trabajo se vuelve más divertido. Estamos enganchados a este neurotransmisor). Sin embargo cuidado con ello, moldeamos nuestro cerebro en otro hábito y le pedimos que viva en tensión, en un estrés permanente que tiene efectos perjudiciales tanto físicos como psicológicos.

Esto también tiene relación con las competencias más solicitadas en los trabajadores actualmente. Se pide que seamos cada vez más autónomos; capaces de trabajar cumpliendo objetivos y autoorganizándonos, no necesitar las órdenes diarias de nuestros responsables (una de las diferencias con nuestros padres y abuelos).

Se han diseñado taxonomías sobre la procrastinación, los que aplazan tareas, lo que aplazan decisiones, que si aquellas personas que buscan el subidón de adrenalina porque les gusta ese riesgo son o no procratinadores (es su decisión, les gustan las emociones fuertes). Al igual que estas personas que deciden vivir en el estrés, procrastinar es una decisión inscosciente. Nuestro cerebro trabaja tan rápido que a veces ni nos enteramos de nuestros propios pensamientos. La cuestión es qué pasa. Qué posponemos.

Podemos posponer decisiones o tareas. Lo hacemos con aquello que nos produce pensamientos incómodos, sensaciones desagradables, aquello que puede tener un resultado incierto o es una tarea tan larga que no le vemos el fin. Al final buscamos otra cosa que hacer que nos sea  más satisfactoria. Esa es la diferencia con vaguear. La persona vaga se sienta en el sofá y no hace nada más que ver pasar el tiempo. La persona procrastinadora atiende a las redes sociales, recoge la mesa, lee y lee para preparar la tarea porque sabe que puede enfrentarse a sus debilidades y eso no le gusta. Se autoengaña.

procrastinacion mafalda

Es importante diferenciarlo, porque cuando calificamos lo que nos pasa de manera inadecuada entramos en otra nueva espiral, la de las creencias que nos están impidiendo avanzar. Si me digo a mi misma que soy una vaga por no haber cumplido con mis tareas diarias como lo había previsto, si he actualizado mis redes sociales en lugar de diseñar un programa creeré que lo soy, y al final ¿qué se espera de una vaga? que no cumpla. Seguro que así no te voy a defraudar.

Pero no me voy a desviar del tema; no estoy escribiendo sobre creencias. El resultado de la procrastinación es agotador, es la culpa, es el firme propósito de “nunca más lo dejaré para mañana si lo puedo hacer yo”.

Y ¿qué puedo hacer? Menos mal que todo tiene solución. Como es un hábito podemos luchar contra él. Todo requiere planificación, perseverancia y tener el firme propósito de luchar contra él; tendría gracia que procrastinara la lucha contra la procrastinación, ¿no?

Ahora te voy a contar algunas claves desde el coaching.

  1. Piensa el tipo de tareas/decisiones que aplazas. Busca qué tienen en común.
  2. Esas tareas te han hecho sentir de alguna manera, algo que no te gusta, que te resulta desagradable.
  3. Ahora, toca revisar la decisión que tomaste en ese momento. Las realizaste o las desechaste.
  4. Y el resultado. Que sentiste o pensaste cuando tomaste la decisión o desechaste realizar la tarea.
  5. En este momento que tienes una nueva tarea perteneciente al grupo de las procratinadas. ¿Qué quieres hacer? Planifica cómo te vas a enfrentar a ella.

Puedes utilizar este tipo de actividades.

  1. Si es muy larga, si no ves el final. Divídela en pequeñas tareas.
  2. Ponte plazos para esas pequeñas tareas. Que sean realistas, cada tema necesita su tiempo, pero tampoco te pases alargándolas en el tiempo.
  3. Reduce tu culpa si no cumples ese día, revisa qué otra tarea has utilizado para engañarte.
  4. Introduce distracciones para preparar tu cerebro para la concentración. Eso significa que le estás relajando para luego enfrentarse al trabajo de verdad.
  5. Y cuando te pongas a ello, elimínalas.
  6. Al finalizarla, al darla por terminada. Evalúa. Anota qué has hecho, cómo te has enfrentado a ella, que sientes ahora que las has terminado. ¿Ha sido para tanto?

Sobre todo, y eso es lo que te estoy proponiendo.

  1. Trabaja tu autoconocimiento para saber qué tipo de tareas/decisiones pospones. Tus causas y tus consecuencias.
  2. Establece un plan de entrenamiento anti-procrastinador.
  3. Y perseverancia, todo requiere su esfuerzo. No sé si te llevará 21, 30 o 60 días. Lo que tú necesites.

Y ya, si ves que no puedes no dudes en pedir apoyo externo. Plantéate si el coaching es lo que necesitas. Si has llegado a este post es que a lo mejor La Caja Azul puede acompañarte en la solución.